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Cuidado con los falsos profetas. (Mateo 7, 15)

Decimos que algo es falso cuando ese algo no es en realidad lo que parece ser. A esto se refería el Señor cuando decía que hay lobos feroces que se hacen pasar por ovejas, vale decir, “profetas” falsos que a primera vista parecen inofensivos, pero cuyos mensajes son dañinos. ¿Qué es lo que persigue el falso profeta? Separar a los fieles desprevenidos de la custodia del Señor, del mismo modo como un lobo separa a las ovejas de la protección del pastor.

Cuando Mateo escribió su Evangelio también había supuestos profetas que anunciaban mensajes diferentes del que proclamaban los apóstoles. Las cartas de Pablo mencionan estos problemas y situaciones (Gálatas 1, 7-9; 6, 12), pero ciertamente no debe haber sido fácil para las comunidades discernir cuál era la verdad.

De aquí la importancia de las palabras de Jesús sobre los falsos profetas. La advertencia del Señor es muy fuerte: “Cuídense de los falsos profetas, que vienen a ustedes con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conocerán” (Mateo 10, 15-16). Jesús usa esta misma imagen cuando envía a los discípulos en su misión evangelizadora: “Los envío como ovejas en medio de lobos” (Lucas 10, 3).

Lo que importa en este texto es el don del discernimiento. No es fácil discernir los espíritus. A veces, sucede que intereses personales o de grupos llevan a algunos a declarar como falsos a discípulos auténticos que anuncian las verdades que les incomodan. Esto fue lo que aconteció con Jesús. Fue perseguido y condenado a muerte como falso profeta por las autoridades religiosas de la época, porque él denunciaba el pecado y la corrupción que veía en ellos.

Pero la recomendación del Señor no va sólo para los falsos profetas que vemos en el mundo. ¿Y qué sucede conmigo mismo?

Los seguidores de Cristo Jesús también tenemos que dar buen “fruto”, es decir, un buen testimonio de vida. Esto significa ser coherentes en lo que hablamos y lo que hacemos, para que no nos convirtamos en profetas falsos. Conviene pues juzgarnos a nosotros mismos por los frutos que da el árbol de nuestra vida personal.

“Espíritu Santo, ayúdame a reconocer el fruto de mis palabras y acciones. Confío en tu ayuda para saber discernir si estoy dentro de tu voluntad o si voy por un camino equivocado.”

Génesis 15, 1-12. 17-18
Salmo 105(104), 1-4. 6-9

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