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En la iconografía patria, y especialmente escolar, su imagen está casi excluyentemente identificada con la del maestro y fundador de la instrucción pública argentina. Queda así en un segundo plano otro Sarmiento, tanto o más apasionante que el primero: ese que, percibiendo los desafíos de su tiempo –construir “una Nación en el desierto argentino”, como tituló Tulio Halperín Donghi su ensayo sobre el periodo previo al 80- se puso a pensar pero también a hacer; recorrió el mundo buscando alternativas importables a nuestra realidad, se trenzó en apasionados debates sobre modelos y soluciones y, cuando el destino le dio la oportunidad, aceptó el desafío de intentar llevarlos él mismo a la práctica.

 Vivió tiempos de cambio y asumió los riesgos de las posiciones que tomaba

En consecuencia, si bien se lo recuerda como educador, su figura impregnó casi todos los ámbitos de la vida pública argentina en los últimos dos tercios del siglo XIX. Su personalidad inquieta y emprendedora lo llevó a incursionar en múltiples áreas: la diplomacia y el ejército, el ensayo y la divulgación, los viajes y el periodismo, la política; en todas ellas, se volcó de manera apasionada. No era hombre de medias tintas. Decía lo que pensaba y sentía sin la impostura de lo que hoy llamamos corrección política. Es por ello que también se pueden encontrar muchas contradicciones en su extensa obra. Sarmiento vivió tiempos de cambio y asumió los riesgos de las posiciones que tomaba. Fue una persona comprometida con su país, y casi toda su vida la dedicó a contribuir con el progreso de su patria.

En plena época rosista, comenzó a reflexionar sobre las causas del atraso argentino y cuáles serían las soluciones a implementar para convertirnos en un país desarrollado. Fue en su exilio chileno donde desarrolló una intensa actividad como escritor, con el objetivo de ayudar a aquellos políticos e intelectuales que liderarían el país, una vez lograda la Organización Nacional. El desafío era superar la antinomia federales-unitarios y encauzar al país hacia un futuro de progreso y civilización, tema que obsesionaba a Sarmiento desde que comenzó a involucrarse en la vida pública.

Sus trabajos más destacados de ese período son Civilización y Barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga (1845), Viajes por Europa, África y América, 1845-1847 (1849-51), Recuerdos de Provincia (1850) y Argirópolis o la Capital de los Estados Confederados del Río de la Plata (1850). En Facundo, Sarmiento busca develar el “enigma argentino”, explorando las raíces de la dualidad que dio en llamar “civilización y barbarie”En su análisis la civilización representa el valor a promover. En contraposición, la región pampeana representaba el pasado colonial asociado a una sociedad feudal atrasada. Así las cosas, la civilización sarmientina se traduce en el establecimiento de un orden republicano reflejado en ideas liberales, y en el imperio de la ley y la movilidad social en sentido ascendente. Su propuesta se vio reflejada en el programa de gobierno que Sarmiento sugiere a lo largo del Facundo; el fomento de la inmigración, la libre navegación de los ríos, la nacionalización de las rentas de aduana (que hasta ese momento estaban en manos de Buenos Aires), la libertad de prensa, la educación pública, el gobierno representativo, la religión como agente moralizador, la protección a la seguridad individual y la institucionalización de la propiedad privada.

En “Viajes”, deja de mirar hacia Europa, como en el “Facundo”, para volverse hacia Estados Unidos

En Viajes, Sarmiento dejaría de mirar hacia Europa como había hecho en el Facundo para volverse hacia Estados Unidos. En su primera visita al país del Norte, tomó nota del progreso y el potencial de crecimiento que tenía aquel país gracias al impulso del ferrocarril, la educación y el orden institucional. Las semejanzas geográficas que observó con respecto a Argentina, le hicieron pensar que nos podríamos convertir en una nación de granjeros propietarios como lo era la sociedad norteamericana de aquel tiempo. Sarmiento enfatizaba especialmente el valor del trabajo en la agricultura como agente civilizador, en contraposición a la ganadería extensiva que se venía practicando en Argentina desde la época colonial (el mismo enfoque ya había sido explicitado por Manuel Belgrano cuando era secretario del Consulado). En este sentido, el desarrollo de la agricultura quedaba asociado directamente con el sistema republicano ya que, según Sarmiento, la agricultura promueve la cultura del trabajo. Por eso fue un firme impulsor de una “civilización agrícola” basada en el acceso masivo a la propiedad de la tierra, a través del sistema de colonias agrícolas, que tendría su apogeo entre 1870 y 1890. Este sistema debía ser complementado con el desarrollo del ferrocarril, los barcos a vapor, el telégrafo y el correo, que servirían para potenciar la comercialización y bajar los costos del transporte.

Pero sin lugar a dudas, su principal interés residía en el establecimiento de un sistema de educación pública y de calidad para todos los habitantes. Este era el mejor medio para alcanzar el progreso a largo plazo. De acuerdo a su visión, el desarrollo económico no bastaba para que el país se convirtiera en una república de ciudadanos civilizados. Por eso, en su proyecto de Nación, la educación era un pilar fundamental. Esto también lo había visto de primera mano en Estados Unidos cuando fue embajador argentino durante un par de años en la presidencia de Bartolomé Mitre. Allí mantuvo un fluido contacto con un destacado educador de Boston, Horace Mann y su esposa Mary. De hecho, con el paso del tiempo esa área de Massachusetts se convirtió en una de las regiones con mayor coeficiente intelectual por metro cuadrado.

Sarmiento dejó huella de su paso por allí y del impacto de su obra posterior, puesto que, cerca del English Garden, en la Commonwealth Avenue de esa ciudad de la Costa Este norteamericana, está emplazada una estatua de unos tres metros de altura que recuerda la figura del sanjuanino.

En su proyecto educativo, la instrucción no sólo debía ser cívica sino también práctica, ya que su idea era promover el surgimiento de ciudadanos y trabajadores. Sarmiento consideraba que la educación serviría para desarrollar en los jóvenes hábitos de orden y disciplina. A su vez, consideraba que la educación cumpliría un rol armonizador en las diferentes regiones de un país que había estado fragmentado desde la época de la independencia.

Como se dijo más arriba, sus ideas no quedaron en el papel. A diferencia de otros intelectuales cuyo aporte se limita a lo teórico, Sarmiento era un hombre de acción, y desde cada uno de los puestos que ocupó impulsó muchos de sus proyectos. Solo en los seis años de su mandato presidencial, de 1868 a 1874, se crearon 800 escuelas, que pasaron de recibir 30.000 alumnos a tener casi 100.000. La ley de Educación 1420, que establecería finalmente la Educación pública, obligatoria, gratuita y laica en el país –votada en 1884, bajo la presidencia de Julio A. Roca- tuvo en Sarmiento a su ideólogo e impulsor.

En su vida también hubo pérdidas, decepciones y fracasos, pero nunca depuso sus armas favoritas que eran la pluma y la palabra

Además, durante su gestión, Sarmiento también propició la fundación de Escuelas Normales formadoras de docentes –para lo cual se empeñó y logró importar cierta cantidad de maestras de los Estados Unidos-, complementadas con la creación de observatorios, bibliotecas e institutos educativos. También durante su mandato se realizó el primer censo nacional en 1869 y se impulsó la llegada de 280.000 inmigrantes, en un país que en ese momento apenas superaba el millón y medio de habitantes.

Bajo su presidencia, se completó la redacción del Código Civil; obra de Dalmacio Vélez Sarsfield –para la anécdota, el padre de quien fue el gran amor de Sarmiento, su amante, Aurelia Vélez-.

Fue también la época del crecimiento exponencial del telégrafo, del ferrocarril y de los servicios postales; en síntesis, empezaba la modernización del país.

En su vida también hubo pérdidas –un hijo muerto en batalla-, momentos geopolíticos extremadamente graves –Guerra del Paraguay-, decepciones y fracasos –su gestión en la gobernación de San Juan-, pero nunca depuso sus armas favoritas que eran la pluma y la palabra.

Qué hubiera sido de la Argentina si los sarmientos del siglo XIX se hubieran dejado abrumar por el atraso del país…

El futuro lo construimos nosotros, y por más que las cosas no parezcan muy prometedoras, siempre hay una luz para mirar el futuro con optimismo: esa es tal vez la enseñanza que deja su trayectoria, en momentos en que los argentinos nuevamente debemos reflexionar sobre las opciones que tenemos por delante.

Qué hubiera sido de la Argentina si los sarmientos de mediados del siglo XIX se hubieran dejado abrumar por el atraso en el que se encontraba el país… Seguramente aquella época parecía mucho más complicada que la actual, sin Constitución, con un gobierno que ejercía la suma del poder público desde Buenos Aires e ignorando la voluntad del resto de las provincias, sin inversiones, sin ferrocarriles, y con una población todavía escuálida para el inmenso territorio del país. Sin embargo, los hombres públicos de aquellas generaciones desarrollaron un proyecto de país y lo pusieron en marcha. Miraron a las naciones más desarrolladas y trataron de adaptar sus instituciones a nuestra idiosincrasia, llevando al país a ser una de las naciones que más progresaron en la segunda mitad del siglo XIX.

Después de haber sido Presidente, Sarmiento aceptó ejercer la posición de Superintendente de Escuelas durante los primeros años de la presidencia de Julio A. Roca (1880-1886). Además de ser un signo de humildad y vocación de servir, quizás este ejemplo, que vale más que mil palabras, es uno de los mensajes más fuertes que nos legó sobre la importancia que le atribuía a la educación.

Historiador, profesor de Historia Económica en la Universidad del CEMA y autor de “Creadores de Riqueza. Emprendedores que cambiaron nuestras vidas” (2012) 

Data: Infobae